viernes, 2 de septiembre de 2011

Del portugués

echar.
~ de menos, o ~ menos a alguien o algo.
1. (Del port. achar menos, hallar menos). locs. verbs. Advertir, notar su falta.
2. locs. verbs. Tener sentimiento y pena por su falta.


distancia.
(Del lat. distantĭa).
1. f. Espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos.
2. f. Diferencia, desemejanza notable entre unas cosas y otras.
3. f. Alejamiento, desvío, desafecto entre personas.


amor.
(Del lat. amor, -ōris).
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
4. m. Tendencia a la unión sexual.
5. m. Nosotros.

martes, 30 de agosto de 2011

Las Noches Magas


Hacía mucho, mucho tiempo que no me sentía como me estoy sintiendo ahora. Saboreo el aire que entra en mis pulmones, desgloso cada rayo de luz que pasa por mis pupilas y noto la suave caricia de mis dedos sobre las teclas del teclado. Puedo sentir cada uno de los latidos de mi corazón y oír como el viento arranca grácilmente una hoja de un pino y la deposita suavemente en el suelo.

Admiro como imperceptiblemente el Sol se va ocultando tras las montañas y como el aire va refrescándose por momentos. Siento las alas de las golondrinas cortar los vientos con cada aleteo, noto la brisa que se hiende desde sus picos. Percibo hasta cada una de las moléculas de agua que se evaporan una a una desde la piscina hasta la atmósfera. Soy consciente de hasta el más mínimo detalle que me rodea.

Esta sensación de paz interior que me llena es, en su mayor parte, sumamente indescriptible. Es una de las cosas más maravillosas que existen, comparable quizá con el Nirvana. Es un pequeño pedazo de cielo instalado en mi alma. Una porción del Infinito alojada en mi corazón.

Mis manos, mis labios, mis ojos, mis oídos y en general, casi cada célula de mi piel pueden evocar y reconstruir tu presencia a mi lado, como si estuvieses sentado en la silla en frente de mí y no a cientos de kilómetros. Tu voz parece acudir nítida a mis tímpanos, tus manos parecen aferrarse aún a mi cintura y tus labios siguen aún pegados a los míos. Mi cuello aún nota tus dientes clavándose en él.

Estoy tranquilo, en paz. Completamente lleno de amor, enamorado. Pero siento que no es el amor destructivo que se siente normalmente, y que conozco tan bien. Es un amor pleno, es esa desinteresada tarea de crear espacio para que el otro sea quien quiera ser. Ahora comprendo muchas de las canciones de amor, de las películas y de los libros que hablan del tema. Antes, me faltaba la experiencia.

Cierro los ojos, y sigues ahí. Tu sonrisa aparece entre los recuerdos como el Sol despunta al alba. Tu luz llena mi ser y me transporta a otra dimensión, desde la cual puedo ver lo que era mi vida antes de ti y lo que es ahora y será después. Tú has revivido la llama que yacía casi extinta entre las cenizas de mi ser. Ya no hay Días Aciagos. Sólo quedan Noches Magas.

martes, 23 de agosto de 2011

Sobre imbéciles y malvados

Esto está extraído del semanal de este domingo pasado. El autor, como no podía ser de otra forma, es el ínclito Arturo Pérez-Reverte, oriundo de la ciudad de las dos coronas. Disfrutadlo, pues rezuma superlatividad y es sublime hasta decir basta.

No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas -gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea. Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva, señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más miedo me da un imbécil que un malvado». Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.


Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso, cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos, vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en las oficinas del paro.

Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores, terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos, destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de naftalina, radiante, mientras se frota las manos.

Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos, sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado, envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años.

lunes, 22 de agosto de 2011

Abstracción

Ésto está escrito en los Días Aciagos. No refleja mi actual estado de ánimo, pero como creo que es un texto bastante logrado por mi escasa capacidad, considero que no está de más ponerlo aquí. Disfrutadlo si podéis.

Me estoy convirtiendo en una abstracción, en una idea. Hace meses que perdí mi individualidad, me convertí en un parásito, cuando lo idóneo era una relación de mutualismo. Siempre renegué el ser una mitad que espera ser un todo, pero las ironías de la vida me llevaron a ser eso, una mitad de un todo y medio. Ahora, soy únicamente una mitad, que va poco a poco desintegrándose y reduciéndose a la nada.

Tengo todo lo que podría desear, exceptuando aquello que deseo más fervientemente. Así que continúan las ironías. Es una jugada cruel del Destino, pero a fin de cuentas, me lo tengo bien merecido. Por eso mismo, no lamento excesivamente mi situación. Sólo señalo el estado de la misma y hago un ejercicio de capacidad mental para buscar una solución que me lleve a salir de este pozo sin fondo en el que no paro de caer.

Me abstraigo. Mi individualidad, largo tiempo perdida era necesaria para ser yo mismo, y ahora, empiezo a perder mi ser, mi yo. Las canas se multiplican entre mis cabellos azabache y mis ojos vidriosos no aspiran sino a ser mar. Mi cuerpo adolece, como mi alma. Noto mi corazón cada día latir más fuerte, como si quisiera infundir algo de energía a esta vida que se va lentamente. Mi estómago ya no conoce el hambre ni la sed. Mis piernas no padecen el cansancio, mi rostro no siente la brisa marina y mi cerebro no nota el sueño. Cada uno de mis órganos pierden sus correspondientes ansias de seguir funcionando, excepto mis manos. Mis dedos, el dorso y la palma de mis manos siguen exigentes, deseosas y anhelantes de tocar tu piel una vez más. Cada día el recuerdo del roce de tu epidermis es más esquivo y me temo que un día será imposible evocarlo y quede condenado a una lenta decadencia y muerte.

He llegado a un extremo de dependencia insano. Probablemente me cueste la vida, pero no creo que sea un precio muy alto por haberte conocido. Lo pagaré gustosamente.

jueves, 18 de agosto de 2011

Yo soy Pirro, rey de Epiro

Después de la muerte de Alejandro Magno, en el año 323 a.C., su colosal imperio se desmembró inmediatamente, y diversos generales macedónicos arrebataron una o otra parte. De ellos el más famoso fue Pirro, un familiar de Alejandro y rey de Epiro; un hombre ambicioso y formidable guerrero imitador de los moldes macedónicos. Sin embargo, Italia tenía problemas. En toda la época antigua, los griegos habían estado en el asiento del conductor, merced a las victorias de Alejandro. Pero en Italia las ciudades griegas del sur encontraron un formidable enemigo en el norte. Roma, que no era griega, se las había arreglado en el siglo anterior para establecer su poder por toda la península, hasta llegar a las áreas griegas.

El poder romano aspiró entonces a la unificación de Italia bajo su hegemonía. La ciudad más poderosa de la Italia meridional era Tarento, próspera y activa, por lo que los romanos se dirigieron a ella; ésta reclamó el socorro de Pirro, rey de Epiro, el cual, deseando ya una buena pelea, respondió inmediatamente. Llegó al sur de Italia con 25000 hombres y algunos elefantes, sin contar con el apoyo que las ciudades griegas les prestaron y seguro además de vencer a los romanos de forma fácil. Después de todo, los griegos siempre habían ganado a los "bárbaros". La victoria de Heraclea, obtenida sobre los romanos, fue desastrosa para Pirro.

En el año 279 a.C. luchó otra vez contra ellos en la batalla de Ausculum, ciento sesenta kilómetros al norte, y el rey epirota venció de nuevo, pero solamente después de grandes pérdidas. La flor y nata de los hombres que había traído a Italia estaban muertos. Uno de los oficiales, lo felicitó por su victoria, a lo que Pirro respondió amargamente: "Otra victoria como ésta y estoy perdido"; en realidad, no ganó ninguna otra batalla y fue obligado a salir de Italia en el año 275 a.C.

Actualmente, al hablar de victoria pírrica, nos referimos a cualquier éxito que se ha obtenido a un coste tan elevado, que habría sido casi mejor no conseguirlo.

Las palabras y la Historia, Isaac Asimov, Ed. Laia, Barcelona, 1974

martes, 16 de agosto de 2011

Romper ventanas

Cuatro mil días después de aquel año obcecado
detecto que al fin te dignaste a cumplir
con la cita eludible. Y me alegro,
y me enfado a la vez.

Después de estudiar con cuidado este caso
ejerciendo a la vez de fiscal y abogado,
de juez imparcial, sentencio lo nuestro,
diciendo que el fallo más grande pasó
por guardar solamente los días más gratos
y olvidar los demás.

Mirarte de frente. Admito en voz alta
que no pocas veces he sido tentado
a coger mi esperanza y lanzarla sin más
a la fosa común donde yacen los sueños
que nos diferencian.

Tal vez, ¿has pensado en renunciar?
Yo aún no.

Ven a romper ventanas, a gritar como antes y a entrar como el aire.

jueves, 4 de agosto de 2011

Un día en el parque

Ahora me escondo, y te observo y te puedo decir,

yo mataré monstruos por ti.

Sólo tienes que avisar.

sábado, 30 de julio de 2011

Cuento sin U

Esto está extraído de "Cuentos para pensar", de Jorge Bucay. Estoy descubriendo este verano una cantidad de literatura como yo no podía imaginar. Y realmente bella, sin duda. Si quieres saber cómo es una persona, pregúntale que lee o qué ha leído.

Quizá yo nunca vuelva a ser el mismo tras este verano, pues estos libros son maravillosos. Ojalá los hubiese descubierto mucho antes, y ahora los estaría releyendo. No obstante, no se ha inventado nada mejor que leer por primera vez un libro y descubrir extasiado que te encanta. Es verdad aquello que dicen de "No hay muerte más noble que la del árbol que acaba en libro." Y es verdad.

"Caminaba distraídamente por el camino y de pronto lo vio.

Allí estaba el imponente espejo de mano al costado del sendero, como esperándolo.

Se acercó, lo alzó y se miró en él. Se vio bien.

No se vio tan joven, pero los años habían sido bastante bondadosos con él.

Sin embargo había algo desagradable en la imagen de sí mismo.

Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos más agrios de la propia historia:

La bronca,

el desprecio,

la agresión,

el abandono,

la soledad.

Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó esa idea.

Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con otra más.

Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.

Caminó por horas tratando de vencer la tentación de volver atrás hacia el espejo.

Ese misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.

Resistió y aceleró el paso.

Tarareaba canciones infantiles para no pensar en esa imagen horrible de sí mismo.

Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre, se metió vestido en la cama

y se tapó la cabeza con las sábanas.

Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni la imagen de él mismo reflejada en el espejo;

pero no podía evitar la memoria de esa imagen:

la del resentimiento,

la del dolor,

la de la soledad,

la del desamor,

la del miedo,

la del menosprecio.

Había ciertas cosas indecibles e impensables...

....Pero él sabía dónde había empezado todo esto.

Empezó esa tarde, hace treinta y tantos años...

El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor del maltrato de los otros.

Esa tarde el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto.

Esa letra.

Esa.

La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.

La letra imprescindible para hablarle a los demás, al dirigirles la palabra..

Sin manera de nombrarlos dejarían de ser deseados...

y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios...

y sin motivo ni forma de invocarlos, se sentiría, por fin, libre.....


EPÍLOGO:

Escribiendo sin "U"

puedo hablar hasta el cansancio de mí,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece...

Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los otros.

Pero sin "U"

no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.

Así me pasa...

A veces pierdo la "U"....
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.

Sin "U" yo me quedo pero tú desapareces...
Y sin poder nombrarte,
¿cómo podría disfrutarte?

Como en el cuento... si tú no existes,
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente,
en el mismo mismísimo tonto espejo."

martes, 19 de julio de 2011

Cerrando círculos

Mientras rebuscaba en los cajones del armario que hay en la habitación de invitados en busca de libros, he encontrado dos folios impresos, con un escrito de Paulo Coelho.

Mientras lo leía, sentado en el frío suelo de mármol, ríos de agua salada bañaban mis mejillas. Cuando terminé de leerlo, cerré los ojos y no tuve más remedio que darle la razón al gran novelista brasileño. Suspiré, me levanté torpemente y me puse a escribir ésto.


"Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando puertas, cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos. Lo importante es poder dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó con su trabajo? ¿Se acabó la relación? ¿Ya no vive más en esa casa? ¿Debe irse de viaje? ¿La amistad se acabó? Puede pasarse mucho tiempo de su presente "revolcándose" en los porqués, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cuál hecho.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos. A pasar la hoja. Al terminar con etapas o con momentos de la vida y seguir para adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos porqué. Lo que sucedió, sucedió. Y hay que soltar, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. No. ¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir!

Por eso a veces es tan importante romper fotos, quemar cartas, destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, papeles por romper, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente. El pasado ya pasó. No espere que le devuelvan, no espere que le reconozcan, no espere que alguna vez se den cuenta de quién es usted. Suelte.

El resentimiento, el prender su "televisor" personal para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo. La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si usted anda por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca podrá desprenderse ni vivir lo de hoy con satisfacción. Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de "regresar" (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puede enfrentarlos ya y ahora, hágalo! Si no, déjelo ir, cierre capítulos.

Dígase a usted mismo que no, que no vuelve. Pero no por orgullo ni por soberbia sino porque usted ya no encaja allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio, usted ya no es el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a que volver.

Cierre la puerta, pase la hoja, cierre el círculo. Ni usted será el mismo ni el entorno al que regresa será igual, porque en la vida nada se queda quieto nada es estático. Es salud mental, amor por usted mismo desprender lo que ya no está en su vida.

Recuerde que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, nada es vital para vivir porque cuando usted vino a este mundo llegó sin ese adhesivo, por lo tanto es costumbre vivir pegado a él y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy le duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y humanamente se puede lograr porque, le repito, nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero... cierre, clausure, limpie, tire, oxigene, despréndase, sacuda, suelte...

Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escoja, le ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida!"


Es brutalmente triste. Quizá más triste que el hecho de que Beethoven nunca pudo oír su maravillosa 9ª Sinfonía. Es tan triste,... pero tan jodidamente cierto...

lunes, 18 de julio de 2011

Historia del café

Dedicado a Aquel Que Bebe Café.

Dicen que hace muchos años un pastor de cabras de Etiopía observó que su rebaño daba muestras de una excitación inusual, saltando y brincando toda la noche. Al día siguiente observó también que las cabras comían las hojas de un arbusto en el que hasta entonces no había reparado, lo que comunicaba al rebaño un nerviosismo especial. Ni corto ni perezoso, el pastor hizo una infusión de aquellas hierbas y comprobó que no podía conciliar el sueño. Poco después, hirvió algunas semillas y, bebiendo el líquido resultante, experimentó el mismo resultado.

Un día en que las semillas se habían mojado, quiso secarlas rápidamente y las puso en una sartén que colocó sobre el fuego. Distraído, no se dio cuenta de que las semillas, color verde sucio, se tostaban y adquirían un color negro. Quiso aprovechar esas semillas tostadas, las hirvió y comprobó que el sabor mejoraba.

Un descubrimiento así no podía mantenerse en secreto, y no tenía por qué. El caso es que se fue extendiendo por Etiopía la costumbre de tostar las semillas del café y beber su infusión.

De Etiopía la costumbre pasó a Arabia, donde la bebida tomó el nombre de kawa. Algunos aseguran que por similitud con la piedra santa de La Meca llamada La Kaaba, que también es de color negro. La costumbre de tomar café fue pronto popular desde las capas más bajas de la sociedad hasta las más altas. Se extendió de tal forma que, como pasa con toda novedad, hubo quien creyó que era pecado. Generalmente, los puritanos están en contra del placer por el placer mismo, no porque sea pecado; en realidad, ven torpeza en todo aquello que produzca satisfacción. Aciertan algunas veces, pero yerran las más.

La autoridad religiosa islámica intervino para prohibir el uso del café: se desarrollaron prolijos debates, y al final se autorizó a los fieles, aunque desaconsejándolo. Como es natural, los fieles no hicieron ningún caso y no sólo continuaron tomando café, sino que inventaron la leyenda de que el propio arcángel Gabriel habría ofrecido la primera taza al profeta Mahoma, para que velase toda la noche.

En Europa, el café llegó por dos rutas: una fue por Venecia y la otra, Viena. Los mercaderes venecianos se aficionaron al café en los enclaves que poseían en el Imperio turco, y de allí se lo llevaron a la ciudad de la laguna, donde a finales del siglo XVI ya se consumía. Por otra parte, los turcos invadían Europa y llegaron a las puertas de Viena, cuando levantaron el cerco a esta ciudad dejaron abandonados centenares de sacos que un polaco llamado Kolschitzky reclamó como recompensa por un acto heroico que había realizado. Al principio, el café desagradó a los vieneses debido al poso característico del café turco, pero Kolschitzky ideó colar la infusión, modalidad que tomó el nombre de "a la vienesa".

En Venecia, donde el café se tomaba al comienzo como medicamento, alcanzó gran popularidad como digestivo, y en 1680 empezaron a aparecer en la plaza de San Marcos unas tiendecitas que expendían el negro brebaje y que, por ello, se llamaron cafés. En 1720 se abrió el café Florian, que aún existen en la plaza, a mano derecha según se mira la basílica de San Marcos. Recomiendo a todo visitante que dedique unos minutos de su tiempo, los más que pueda, a tomar un café en el Florian, decorado al estilo del siglo XVIII, y que recuerde que en aquellos sofás y en aquellas banquetas se sentaron personajes como Wagner, Dostoievsky, lord Byron, Marcel Proust, Alfred de Musset, George Sand, Stranvinsky, Tchaikovsky y tantos y tantos más.

En España, el café tuvo que competir con la moda del chocolates y con las prevenciones que los médicos manifestaban hacia el negro líquido.

A este respecto, bueno será recordar la conocida respuesta que el escritor francés Fontenelle dio a un amigo que le advertía que el café era un veneno lento:
- Puede ser, porque hace ochenta años que lo tomo y no he muerto todavía.
Recordemos que Fontenelle murió un mes antes de cumplir el siglo.

En España es popular el café con leche, brebaje híbrido popularizado por los funcionarios. No sé por qué, pero cuando estoy en Madrid y veo un café con leche en la mesa de un consumidor, me digo inmediatamente que debe prestar sus servicios en algún ministerio. También es curioso que para pedir un café en la Villa y Corte se tenga que añadir la palabra "solo" porque, si no, sin consultarte, te lo sirven con leche.

Tan importante como la invención del café ha sido la de los cafés, centros de tertulia, reunión y conversación que van desapareciendo por no ser rentables. Había quien pasaba tres o cuatro horas ocupando una silla en unos de esos establecimientos por el simple importe de un café. Los cafés se ven sustituidos por bancos, por fábricas de hamburguesas plásticas o por servicios de fast food que impiden la conversación y el paladeo; es decir, que favorecen el paso de la humanidad de la civilización a la barbarie.

Los cafés han sido siempre centros en los que se podían contemplar los especímenes más raros de la fauna humana. En un desaparecido establecimiento de Barcelona, conocí a un señor que se hacía servir el café y lo sorbía con una pajilla y acompañaba con aceitunas rellenas. En parís es célebre el caso de cierto cliente de uno de los mejores cafés de un céntrico bulevar, que, después de tomarse el café, pedía dos helados: uno de frambuesa y otro de vainilla. Vertía el helado de frambuesa en su bota derecha, el de vainilla en su bota izquierda y salía. Eso todos los días del año.

Extrañará al lector que no hable del café americano, pero la planta fue llevada al Nuevo Mundo por los europeos. Hoy el café del Brasil, Colombia, etc., ha invadido todos los mercados, pero no se olvide que por doquier es sinónimo de café la palabra "moka", nombre de una ciudad de Arabia.

El café se ha extendido por todo el mundo. En Inglaterra se prefiere el té, lo que probando el café inglés se comprende fácilmente. Yo, por mi parte, me apunto al café italiano o al que, en el bar del Ateneo Barcelonés, me preparan mis amigos Jaume y Jordi Teixidor.

Quien quiera conocer la técnica del café y sus intríngulis, así como su evolución desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, que lea El libro del amante del café, de Michel Vanier (Ed. Olañeta, 1983). Podrá pasar un buen rato y recordar, si tiene algunos años, a los mozos de los almacenes de comestibles que, en la acera, frente a sus establecimientos, tostaban el café a la vista del público.


Extraído de Historias de la Historia, Tercera serie, de Carlos Fisas (Ed. Planeta, 1985). Espero que te guste.