El poder romano aspiró entonces a la unificación de Italia bajo su hegemonía. La ciudad más poderosa de la Italia meridional era Tarento, próspera y activa, por lo que los romanos se dirigieron a ella; ésta reclamó el socorro de Pirro, rey de Epiro, el cual, deseando ya una buena pelea, respondió inmediatamente. Llegó al sur de Italia con 25000 hombres y algunos elefantes, sin contar con el apoyo que las ciudades griegas les prestaron y seguro además de vencer a los romanos de forma fácil. Después de todo, los griegos siempre habían ganado a los "bárbaros". La victoria de Heraclea, obtenida sobre los romanos, fue desastrosa para Pirro.
En el año 279 a.C. luchó otra vez contra ellos en la batalla de Ausculum, ciento sesenta kilómetros al norte, y el rey epirota venció de nuevo, pero solamente después de grandes pérdidas. La flor y nata de los hombres que había traído a Italia estaban muertos. Uno de los oficiales, lo felicitó por su victoria, a lo que Pirro respondió amargamente: "Otra victoria como ésta y estoy perdido"; en realidad, no ganó ninguna otra batalla y fue obligado a salir de Italia en el año 275 a.C.
Actualmente, al hablar de victoria pírrica, nos referimos a cualquier éxito que se ha obtenido a un coste tan elevado, que habría sido casi mejor no conseguirlo.
Las palabras y la Historia, Isaac Asimov, Ed. Laia, Barcelona, 1974

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