martes, 30 de agosto de 2011

Las Noches Magas


Hacía mucho, mucho tiempo que no me sentía como me estoy sintiendo ahora. Saboreo el aire que entra en mis pulmones, desgloso cada rayo de luz que pasa por mis pupilas y noto la suave caricia de mis dedos sobre las teclas del teclado. Puedo sentir cada uno de los latidos de mi corazón y oír como el viento arranca grácilmente una hoja de un pino y la deposita suavemente en el suelo.

Admiro como imperceptiblemente el Sol se va ocultando tras las montañas y como el aire va refrescándose por momentos. Siento las alas de las golondrinas cortar los vientos con cada aleteo, noto la brisa que se hiende desde sus picos. Percibo hasta cada una de las moléculas de agua que se evaporan una a una desde la piscina hasta la atmósfera. Soy consciente de hasta el más mínimo detalle que me rodea.

Esta sensación de paz interior que me llena es, en su mayor parte, sumamente indescriptible. Es una de las cosas más maravillosas que existen, comparable quizá con el Nirvana. Es un pequeño pedazo de cielo instalado en mi alma. Una porción del Infinito alojada en mi corazón.

Mis manos, mis labios, mis ojos, mis oídos y en general, casi cada célula de mi piel pueden evocar y reconstruir tu presencia a mi lado, como si estuvieses sentado en la silla en frente de mí y no a cientos de kilómetros. Tu voz parece acudir nítida a mis tímpanos, tus manos parecen aferrarse aún a mi cintura y tus labios siguen aún pegados a los míos. Mi cuello aún nota tus dientes clavándose en él.

Estoy tranquilo, en paz. Completamente lleno de amor, enamorado. Pero siento que no es el amor destructivo que se siente normalmente, y que conozco tan bien. Es un amor pleno, es esa desinteresada tarea de crear espacio para que el otro sea quien quiera ser. Ahora comprendo muchas de las canciones de amor, de las películas y de los libros que hablan del tema. Antes, me faltaba la experiencia.

Cierro los ojos, y sigues ahí. Tu sonrisa aparece entre los recuerdos como el Sol despunta al alba. Tu luz llena mi ser y me transporta a otra dimensión, desde la cual puedo ver lo que era mi vida antes de ti y lo que es ahora y será después. Tú has revivido la llama que yacía casi extinta entre las cenizas de mi ser. Ya no hay Días Aciagos. Sólo quedan Noches Magas.

martes, 23 de agosto de 2011

Sobre imbéciles y malvados

Esto está extraído del semanal de este domingo pasado. El autor, como no podía ser de otra forma, es el ínclito Arturo Pérez-Reverte, oriundo de la ciudad de las dos coronas. Disfrutadlo, pues rezuma superlatividad y es sublime hasta decir basta.

No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas -gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea. Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva, señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más miedo me da un imbécil que un malvado». Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.


Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso, cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos, vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en las oficinas del paro.

Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores, terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos, destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de naftalina, radiante, mientras se frota las manos.

Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos, sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado, envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años.

lunes, 22 de agosto de 2011

Abstracción

Ésto está escrito en los Días Aciagos. No refleja mi actual estado de ánimo, pero como creo que es un texto bastante logrado por mi escasa capacidad, considero que no está de más ponerlo aquí. Disfrutadlo si podéis.

Me estoy convirtiendo en una abstracción, en una idea. Hace meses que perdí mi individualidad, me convertí en un parásito, cuando lo idóneo era una relación de mutualismo. Siempre renegué el ser una mitad que espera ser un todo, pero las ironías de la vida me llevaron a ser eso, una mitad de un todo y medio. Ahora, soy únicamente una mitad, que va poco a poco desintegrándose y reduciéndose a la nada.

Tengo todo lo que podría desear, exceptuando aquello que deseo más fervientemente. Así que continúan las ironías. Es una jugada cruel del Destino, pero a fin de cuentas, me lo tengo bien merecido. Por eso mismo, no lamento excesivamente mi situación. Sólo señalo el estado de la misma y hago un ejercicio de capacidad mental para buscar una solución que me lleve a salir de este pozo sin fondo en el que no paro de caer.

Me abstraigo. Mi individualidad, largo tiempo perdida era necesaria para ser yo mismo, y ahora, empiezo a perder mi ser, mi yo. Las canas se multiplican entre mis cabellos azabache y mis ojos vidriosos no aspiran sino a ser mar. Mi cuerpo adolece, como mi alma. Noto mi corazón cada día latir más fuerte, como si quisiera infundir algo de energía a esta vida que se va lentamente. Mi estómago ya no conoce el hambre ni la sed. Mis piernas no padecen el cansancio, mi rostro no siente la brisa marina y mi cerebro no nota el sueño. Cada uno de mis órganos pierden sus correspondientes ansias de seguir funcionando, excepto mis manos. Mis dedos, el dorso y la palma de mis manos siguen exigentes, deseosas y anhelantes de tocar tu piel una vez más. Cada día el recuerdo del roce de tu epidermis es más esquivo y me temo que un día será imposible evocarlo y quede condenado a una lenta decadencia y muerte.

He llegado a un extremo de dependencia insano. Probablemente me cueste la vida, pero no creo que sea un precio muy alto por haberte conocido. Lo pagaré gustosamente.

jueves, 18 de agosto de 2011

Yo soy Pirro, rey de Epiro

Después de la muerte de Alejandro Magno, en el año 323 a.C., su colosal imperio se desmembró inmediatamente, y diversos generales macedónicos arrebataron una o otra parte. De ellos el más famoso fue Pirro, un familiar de Alejandro y rey de Epiro; un hombre ambicioso y formidable guerrero imitador de los moldes macedónicos. Sin embargo, Italia tenía problemas. En toda la época antigua, los griegos habían estado en el asiento del conductor, merced a las victorias de Alejandro. Pero en Italia las ciudades griegas del sur encontraron un formidable enemigo en el norte. Roma, que no era griega, se las había arreglado en el siglo anterior para establecer su poder por toda la península, hasta llegar a las áreas griegas.

El poder romano aspiró entonces a la unificación de Italia bajo su hegemonía. La ciudad más poderosa de la Italia meridional era Tarento, próspera y activa, por lo que los romanos se dirigieron a ella; ésta reclamó el socorro de Pirro, rey de Epiro, el cual, deseando ya una buena pelea, respondió inmediatamente. Llegó al sur de Italia con 25000 hombres y algunos elefantes, sin contar con el apoyo que las ciudades griegas les prestaron y seguro además de vencer a los romanos de forma fácil. Después de todo, los griegos siempre habían ganado a los "bárbaros". La victoria de Heraclea, obtenida sobre los romanos, fue desastrosa para Pirro.

En el año 279 a.C. luchó otra vez contra ellos en la batalla de Ausculum, ciento sesenta kilómetros al norte, y el rey epirota venció de nuevo, pero solamente después de grandes pérdidas. La flor y nata de los hombres que había traído a Italia estaban muertos. Uno de los oficiales, lo felicitó por su victoria, a lo que Pirro respondió amargamente: "Otra victoria como ésta y estoy perdido"; en realidad, no ganó ninguna otra batalla y fue obligado a salir de Italia en el año 275 a.C.

Actualmente, al hablar de victoria pírrica, nos referimos a cualquier éxito que se ha obtenido a un coste tan elevado, que habría sido casi mejor no conseguirlo.

Las palabras y la Historia, Isaac Asimov, Ed. Laia, Barcelona, 1974

martes, 16 de agosto de 2011

Romper ventanas

Cuatro mil días después de aquel año obcecado
detecto que al fin te dignaste a cumplir
con la cita eludible. Y me alegro,
y me enfado a la vez.

Después de estudiar con cuidado este caso
ejerciendo a la vez de fiscal y abogado,
de juez imparcial, sentencio lo nuestro,
diciendo que el fallo más grande pasó
por guardar solamente los días más gratos
y olvidar los demás.

Mirarte de frente. Admito en voz alta
que no pocas veces he sido tentado
a coger mi esperanza y lanzarla sin más
a la fosa común donde yacen los sueños
que nos diferencian.

Tal vez, ¿has pensado en renunciar?
Yo aún no.

Ven a romper ventanas, a gritar como antes y a entrar como el aire.

jueves, 4 de agosto de 2011

Un día en el parque

Ahora me escondo, y te observo y te puedo decir,

yo mataré monstruos por ti.

Sólo tienes que avisar.